Sobre mi

La historia detrás de El Taller de Coquelicot

Sobre mi

La historia detrás de El Taller de Coquelicot

Durante un viaje a Japón, entre los jardines de Kyoto, la cultura floral y la lectura de La mente bien ajardinada, una idea que llevaba tiempo dentro de mí empezó a tomar forma.

Todavía no sabía que acabaría creando un taller.

Pero allí empecé a escribir.

Durante un viaje a Japón, entre los jardines de Kyoto, la cultura floral y la lectura de La mente bien ajardinada, una idea que llevaba tiempo dentro de mí empezó a tomar forma.

Todavía no sabía que acabaría creando un taller.

Pero allí empecé a escribir.

Durante un viaje a Japón, entre los jardines de Kyoto, la cultura floral y la lectura de La mente bien ajardinada, una idea que llevaba tiempo dentro de mí empezó a tomar forma.

Todavía no sabía que acabaría creando un taller.

Pero allí empecé a escribir.

Una carta cada
quince días

Durante aquel viaje nació Flor, una newsletter en la que relacionaba flores con experiencias, inquietudes y reflexiones personales.

Cada quince días escogía una flor, investigaba su simbolismo y la conectaba con algo que estuviera viviendo. Llegué a enviar unas 45 cartas.

Aquel proyecto me permitió acercarme a las flores de otra manera. No solo como algo bonito, sino como una forma de observar la vida y comprenderme mejor.

Aunque fue en Japón donde la idea empezó a materializarse, la semilla estaba allí desde mucho antes.

Recuerdo los veranos en el pueblo de mis abuelos, en Jaén, paseando y recogiendo flores para hacer ramos secos. También recuerdo comprar flores e intentar crear por mi cuenta coronas, cinturones y composiciones, sin saber demasiado bien cómo hacerlo.

Simplemente me atraían.

Las flores empezaron siendo algo que me gustaba y acabaron convirtiéndose en una forma de observar la vida.

Una carta cada
quince días

Durante aquel viaje nació Flor, una newsletter en la que relacionaba flores con experiencias, inquietudes y reflexiones personales.

Cada quince días escogía una flor, investigaba su simbolismo y la conectaba con algo que estuviera viviendo. Llegué a enviar unas 45 cartas.

Aquel proyecto me permitió acercarme a las flores de otra manera. No solo como algo bonito, sino como una forma de observar la vida y comprenderme mejor.

Aunque fue en Japón donde la idea empezó a materializarse, la semilla estaba allí desde mucho antes.

Recuerdo los veranos en el pueblo de mis abuelos, en Jaén, paseando y recogiendo flores para hacer ramos secos. También recuerdo comprar flores e intentar crear por mi cuenta coronas, cinturones y composiciones, sin saber demasiado bien cómo hacerlo.

Simplemente me atraían.

Las flores empezaron siendo algo que me gustaba y acabaron convirtiéndose en una forma de observar la vida.

una nueva perspectiva del tiempo

La idea de Coquelicot empezó a coger forma después de convertirme en madre.

Para entonces llevaba cerca de dos años trabajando como autónoma, pero la maternidad me hizo cuestionarme nuestra forma de trabajar, producir y relacionarnos con el tiempo.

El ritmo que necesita un bebé es lento y profundamente presente. El ritmo al que nos empuja la sociedad suele ser el contrario: avanzar, producir y llenar cada espacio disponible.

Yo sentía una gran contradicción entre esos dos mundos, especialmente porque las fronteras entre el trabajo y la vida familiar se mezclaban continuamente.

La maternidad también supuso un cambio de identidad enorme. Durante un tiempo sabía quién había sido, pero no tenía tan claro quién estaba empezando a ser.

El ritmo que necesita un bebé es profundamente presente.

El ritmo al que nos empuja la sociedad suele ser el contrario.

Descubrir que soy una persona altamente sensible me ayudó a entender mi necesidad de silencio, descanso y conexión.

Y la naturaleza siempre había sido uno de esos lugares.

La maternidad me enseñó que no todos los ritmos sirven para todas las etapas.

La maternidad me enseñó que no todos los ritmos sirven para todas las etapas.

una nueva perspectiva del tiempo

La idea de Coquelicot empezó a coger forma después de convertirme en madre.

Para entonces llevaba cerca de dos años trabajando como autónoma, pero la maternidad me hizo cuestionarme nuestra forma de trabajar, producir y relacionarnos con el tiempo.

El ritmo que necesita un bebé es lento y profundamente presente. El ritmo al que nos empuja la sociedad suele ser el contrario: avanzar, producir y llenar cada espacio disponible.

Yo sentía una gran contradicción entre esos dos mundos, especialmente porque las fronteras entre el trabajo y la vida familiar se mezclaban continuamente.

La maternidad también supuso un cambio de identidad enorme. Durante un tiempo sabía quién había sido, pero no tenía tan claro quién estaba empezando a ser.

El ritmo que necesita un bebé es profundamente presente.

El ritmo al que nos empuja la sociedad suele ser el contrario.

Descubrir que soy una persona altamente sensible me ayudó a entender mi necesidad de silencio, descanso y conexión.

Y la naturaleza siempre había sido uno de esos lugares.

Crear también puede ser una forma de volver

En una ocasión participé en un taller floral y pasé dos horas completamente concentrada y feliz. El tiempo se me pasó volando y aquella sensación se quedó conmigo.

Durante mucho tiempo pensé que, para explorar ese camino, tenía que convertirme en florista. Me informé sobre diferentes formaciones, pero ninguna era compatible con mi trabajo y mi vida familiar.

No necesitaba convertirme en florista.

Necesitaba descubrir qué quería construir a través de las flores.

Con el tiempo comprendí que no necesitaba enseñar floristería.

Necesitaba compartir lo que sucedía cuando nos permitíamos parar, trabajar con las manos y entrar en contacto con la naturaleza.

Crear con las manos se convirtió en una forma de volver a mí.

Crear también puede ser una forma de volver

En una ocasión participé en un taller floral y pasé dos horas completamente concentrada y feliz. El tiempo se me pasó volando y aquella sensación se quedó conmigo.

Durante mucho tiempo pensé que, para explorar ese camino, tenía que convertirme en florista. Me informé sobre diferentes formaciones, pero ninguna era compatible con mi trabajo y mi vida familiar.

No necesitaba convertirme en florista.

Necesitaba descubrir qué quería construir a través de las flores.

Con el tiempo comprendí que no necesitaba enseñar floristería.

Necesitaba compartir lo que sucedía cuando nos permitíamos parar, trabajar con las manos y entrar en contacto con la naturaleza.

Crear con las manos se convirtió en una forma de volver a mí.

Por qué Coquelicot

Coquelicot significa amapola en francés.

Es mi flor favorita y la llevo tatuada en la espalda desde los 22 años.

Siempre me he sentido representada por ella porque llama la atención y, al mismo tiempo, es muy delicada. Crece de forma espontánea entre los campos, pero cuando la arrancas dura muy poco.

La amapola me recuerda que nuestra fortaleza también depende del lugar en el que estamos y de las condiciones que nos rodean.

No siempre estamos en flor.

Como cualquier planta, necesitamos tierra, agua, nutrientes, luz, descanso y un entorno que nos permita desarrollarnos.

Sin embargo, a las personas muchas veces nos exigimos florecer constantemente.

Esta frase puede ser una de las más memorables de la página. Le daría bastante espacio y no añadiría más explicaciones.

No todo lo delicado es débil.

No todo lo delicado es débil.

Por qué Coquelicot

Coquelicot significa amapola en francés.

Es mi flor favorita y la llevo tatuada en la espalda desde los 22 años.

Siempre me he sentido representada por ella porque llama la atención y, al mismo tiempo, es muy delicada. Crece de forma espontánea entre los campos, pero cuando la arrancas dura muy poco.

La amapola me recuerda que nuestra fortaleza también depende del lugar en el que estamos y de las condiciones que nos rodean.

No siempre estamos en flor.

Como cualquier planta, necesitamos tierra, agua, nutrientes, luz, descanso y un entorno que nos permita desarrollarnos.

Sin embargo, a las personas muchas veces nos exigimos florecer constantemente.

Esta frase puede ser una de las más memorables de la página. Le daría bastante espacio y no añadiría más explicaciones.

Cómo nació el Taller

De una mesa en una buhardilla al primer taller

La primera idea de Coquelicot no fue crear talleres, sino ofrecer flores secas y preservadas a personas que quisieran crear en casa.

Pero, poco a poco, el espacio empezó a enseñarme para qué había nacido realmente.

junio 2023: Una mesa en la buhardilla

La primera idea de Coquelicot no fue crear talleres, sino ofrecer flores secas y preservadas a personas que quisieran crear en casa.

Pero, poco a poco, el espacio empezó a enseñarme para qué había nacido realmente.

junio 2023: Una mesa en la buhardilla

La primera idea de Coquelicot no fue crear talleres, sino ofrecer flores secas y preservadas a personas que quisieran crear en casa.

Pero, poco a poco, el espacio empezó a enseñarme para qué había nacido realmente.

DICIEMBRE 2023: El primer taller

Encontré un pequeño espacio en Polinyà y yo misma lo pinté. En ese momento entendí que la mesa no tenía que estar contra una pared.

Tenía que ocupar el centro.

El 7 de diciembre celebré el primer taller con un grupo de amigas.

DICIEMBRE 2023: El primer taller

Encontré un pequeño espacio en Polinyà y yo misma lo pinté. En ese momento entendí que la mesa no tenía que estar contra una pared.

Tenía que ocupar el centro.

El 7 de diciembre celebré el primer taller con un grupo de amigas.

ABRIL 2026: Volver de otra manera

Después del traslado y de una pausa, sentí que quería recuperar Coquelicot.

Pero no quería simplemente volver a abrir un espacio.

Quería recuperar aquello que más me había gustado de los primeros talleres: preparar cada encuentro con cuidado, reunir a pocas personas alrededor de una mesa y crear durante unas horas con flores y materiales naturales.

Empecé a entender que lo importante nunca había sido el lugar.

Era lo que sucedía dentro de la experiencia.

Cerrar también fue una forma de cuidar.

Con la llegada de mi segunda hija atravesé una etapa de agotamiento muy grande.

Además de Coquelicot, trabajo como publicista estratégica y acompaño a diferentes marcas en su comunicación y en la gestión de proyectos digitales. Mantener todos los proyectos mientras intentaba proteger el tiempo con mis hijas empezó a ser insostenible.

Por eso decidí cerrar temporalmente el espacio de Polinyà.

Con el tiempo entendí que aquella pausa también formaba parte del proyecto.

Las flores me habían enseñado que hay momentos para crecer, momentos para florecer y momentos para guardar energía.

Y cuando decidí volver a Coquelicot, también cambió mi manera de entenderlo.

Ya no quería que el proyecto dependiera de mantener un espacio abierto.

Quería crear experiencias pequeñas, cuidadas y especiales, que pudieran suceder en distintos lugares.

Hoy los talleres Coquelicot pueden tomar forma en espacios escogidos para cada ocasión o convertirse en experiencias privadas que llevamos allí donde un grupo quiera compartirlas.

Porque, al final, Coquelicot nunca fue solamente un lugar.

Era una manera de encontrarnos alrededor de las flores, la naturaleza y la creatividad.

A veces, cuidarse también significa detenerse y guardar energía.

Cerrar también fue una forma de cuidar.

Con la llegada de mi segunda hija atravesé una etapa de agotamiento muy grande.

Además de Coquelicot, trabajo como publicista estratégica y acompaño a diferentes marcas en su comunicación y en la gestión de proyectos digitales. Mantener todos los proyectos mientras intentaba proteger el tiempo con mis hijas empezó a ser insostenible.

Por eso decidí cerrar temporalmente el espacio de Polinyà.

Con el tiempo entendí que aquella pausa también formaba parte del proyecto.

Las flores me habían enseñado que hay momentos para crecer, momentos para florecer y momentos para guardar energía.

Y cuando decidí volver a Coquelicot, también cambió mi manera de entenderlo.

Ya no quería que el proyecto dependiera de mantener un espacio abierto.

Quería crear experiencias pequeñas, cuidadas y especiales, que pudieran suceder en distintos lugares.

Hoy los talleres Coquelicot pueden tomar forma en espacios escogidos para cada ocasión o convertirse en experiencias privadas que llevamos allí donde un grupo quiera compartirlas.

Porque, al final, Coquelicot nunca fue solamente un lugar.

Era una manera de encontrarnos alrededor de las flores, la naturaleza y la creatividad.

A veces, cuidarse también significa detenerse y guardar energía.

Qué encontrarás hoy en una experiencia Coquelicot

Qué encontrarás hoy en una experiencia Coquelicot

Un espacio para crear y bajar el ritmo

Las flores son siempre el punto de partida.

Creamos con las manos, exploramos materiales naturales y nos regalamos unas horas para bajar el ritmo y concentrarnos en una sola cosa.

La música, los pequeños detalles y la forma de preparar cada encuentro también forman parte de la experiencia.

Hay una parte técnica, pero sobre todo hay espacio para probar, cambiar de idea, experimentar y crear sin buscar que todas las piezas sean iguales.

 

Bajar el ritmo
Dejar fuera durante unas horas todo aquello que reclama nuestra atención.

 

Crear con libertad
Experimentar sin buscar la perfección ni compararnos.

Conectar con la naturaleza
Trabajar con flores y materiales que nos recuerdan que también formamos parte de ella.

 

Llevarte algo más
Una creación hecha por ti y el recuerdo del momento vivido mientras la hacías.

 

 

Quizá tú también necesites volver a lo natural

Coquelicot nació de mi propia necesidad de bajar el ritmo, crear con las manos y acercarme de nuevo a la naturaleza.

Y con los años ha ido encontrando diferentes formas de hacerlo.

Hoy puedes vivirlo compartiendo uno de nuestros talleres presenciales, creando una experiencia privada con las personas que tú elijas o llevándote un Kit #Florterapia para crear a tu ritmo.

Distintas formas de volver a algo muy sencillo:

las flores, las manos, la creatividad y un poco de tiempo sin prisa.