Las bondades de la naturaleza
Siempre me ha costado explicar qué hacemos en los Talleres sin sentir que algunas palabras se quedan pequeñas.
Naturaleza, presencia, pausa, mindfulness, bienestar…
Son conceptos que se utilizan tanto que, a veces, parece que han perdido parte de su significado. Y a mí no me interesa emplearlos como una fórmula bonita ni como un puente rápido hacia la venta. Necesito entender qué hay detrás de lo que sentimos. Comprender por qué determinadas experiencias nos calman, nos ayudan a concentrarnos o nos hacen sentir más presentes.
Por eso me gusta acercarme a la ciencia y a los estudios: no para quitarle misterio a la naturaleza, sino para entender mejor cómo actúa sobre nosotros.
Este verano encontré en la biblioteca Las bondades de la naturaleza, de Kathy Willis, y por ser prestado no lo he subrayado, anotado, doblado o llenado de notas como me hubiese gustado (Mama, si lees esto ya sabes qué regalarme para mi próximo cumpleaños), pero sí que he ido tomando apuntes que hoy te quiero compartir.
El libro reúne investigaciones sobre cómo aquello que vemos, olemos, escuchamos y tocamos en la naturaleza puede influir en nuestro cuerpo, nuestra atención, nuestro estado emocional e incluso en nuestra salud.
Y hay una idea que me ha acompañado durante toda la lectura:
Deberíamos prescribir(nos) naturaleza.
No como algo extraordinario. No como una escapada puntual. No únicamente para el fin de semana. Sino como una necesidad cotidiana. Porque lo es.
La naturaleza que vemos.
Una de las ideas que más me ha interesado es que contemplar escenas naturales puede ayudarnos a recuperarnos antes del estrés.
Cuando miramos un jardín, un árbol o un paisaje verde, nuestra atención dirigida parece tomarse una especie de minidescanso. Descansa de la exigencia constante de concentrarse, decidir y resolver.
Esto puede favorecer procesos como la memoria, el aprendizaje, la atención o la resolución de problemas.
También he descubierto que no todos los verdes nos provocan lo mismo.
Los tonos verde claro y verde amarillento parecen relacionarse con estados de mayor calma, concentración y atención. Otros colores naturales, como los rojos y naranjas de las hojas, también pueden generar emociones positivas. Ahora sé por qué me gustan tanto los paisajes otoñales.
Desde que lo leí, me sorprendo observando qué verdes me relajan y cuáles me despiertan.
La naturaleza que RESPIRAMOS.
Cuando pensamos en la naturaleza solemos centrarnos en lo visual. Pero cuando entramos en un bosque no solo lo miramos: también lo respiramos.
Los árboles, las flores y las hierbas aromáticas liberan compuestos que nuestro organismo percibe. Algunos aromas vegetales se han relacionado con cambios en el estrés, la activación, la atención o el descanso.
- El aroma a pino puede favorecer la relajación.
- La lavanda se relaciona con una mejor calidad del sueño.
- El romero, con una mayor sensación de estar despiertas y despejadas.
- La menta, con la lucidez mental y la memoria.
Esto me ha hecho mirar los olores de otra manera.
No solo como algo agradable, sino como parte de nuestra relación física con el entorno.
(Dime que esta espléndida rosa no te invita a olerla)
La naturaleza que ESCUCHAMOS.
Otra idea que se me ha quedado grabada es que algunos sonidos naturales tienen una capacidad restauradora especial. Por ejemplo el canto de los pájaros, el ruido del agua o el murmullo del viento entre las hojas.
Vivimos rodeadas de tráfico, notificaciones, teléfonos, motores y ruido constante. Y, muchas veces, cuando salimos a pasear, seguimos aislándonos con auriculares.
Citando literalmente a Kathy Willis: “necesitamos dejar que la naturaleza nos cante”.
La naturaleza que HABITAMOS.
También me ha interesado mucho la biofilia aplicada al diseño de espacios.
La idea de que nuestras casas, escuelas, lugares de trabajo y ciudades pueden construirse de una manera que nos acerque o nos aleje de lo vivo.
La luz natural, las vistas verdes, la madera sin revestir, las plantas reales, la biodiversidad o el acceso a un jardín no son únicamente decisiones estéticas.
Pueden influir en nuestra atención, nuestro estrés, nuestra productividad y nuestro bienestar.
Por ejemplo, cuantos más espacios verdes forman parte de la vida cotidiana de un niño, mejores pueden ser sus progresos en atención y memoria de trabajo. Una escuela o un hogar rodeado de vegetación no solo es más bonito sino que puede ofrecer mejores condiciones para que aprenda y se relacione.
Esto me ha hecho pensar que quizá el problema no sea vivir en una ciudad, sino haber creado espacios que han ido eliminando la sombra, la tierra, el silencio y el contacto cotidiano con otros seres vivos.
Mi pequeña dosis de naturaleza.
Después de esta lectura soy más consciente de que la naturaleza debe formar parte de mi día a día y por eso estoy intentando hacer a diario pequeñas acciones como estas:
— Pasear durante 20 minutos por un lugar con árboles, arbustos y distintas especies de plantas.
— Hacerlo sin auriculares, sin móvil, y así intentar reconocer pájaros, hojas, viento o agua alrededor.
— Observar qué tono de verde me transmite más calma (en mi caso el verde oscuro) o energía (el verde amarillento).
— Poner aceites esenciales (de buena calidad) en casa. También ventilar bien.
— Dedicar un rato de jardinería (consciente) el fin de semana. Sin guantes.
— Regar a última hora de la tarde sintiendo la frescura que deben sentir después de un día de calor.
– Colocar plantas (naturales, claro) cerca de los lugares en los que trabajo y utilizarlas como un pequeño descanso visual.
Te invito a probar alguna de estas acciones y a observar qué ocurre.
En definitiva, no se trata de convertir la naturaleza en algo más para sumar a la lista de obligaciones, que ya tenemos suficiente.
Se trata de observar qué cambia cuando la naturaleza deja de ser el fondo y vuelve a entrar en primer plano.
Un abrazo,
Clàudia.


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